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Drones en Ucrania y más allá: todo lo que hay que saber
El
espacio de combate aéreo ucraniano presenta el uso más intensivo de
drones en un conflicto militar de la historia, marcando un cambio en las
tácticas y la tecnología de guerra
Voluntarios ucranianos apuestan por producir drones. (EFE)
Los drones
existen desde hace mucho tiempo, mucho más si nos remontamos y
consideramos protodrones a las cometas de fuego del Imperio chino
clásico o a los globos explosivos usados en el ataque austriaco a
Venecia en 1849. Los drones se utilizaron en Vietnam, en la guerra de Kosovo, Afganistán, Irak y, más recientemente, en el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán en Nagorno Karabaj.
La guerra de Ucrania no es, pues, "la primera guerra de los drones".
Tampoco es la primera guerra en la que los drones desempeñan un papel
importante, ni la primera en la que ambos bandos los emplean. Sin
embargo, el uso de drones en Ucrania representa un cambio radical. Nunca antes se habían utilizado tantos drones en un enfrentamiento militar. El Royal United Services Institute calcula que Ucrania está perdiendo 10.000 drones al mes, lo que da una idea de cuántos están en uso. Los sistemas de defensa antiaérea están neutralizando en gran medida la aviación tripulada,
lo que hace que los sistemas no tripulados sean especialmente
importantes. Para quienes deseen comprender su importancia, he aquí las
principales conclusiones de Ucrania.
La guerra de los múltiples drones
Estos van desde los muy pequeños —como el Black Hornet, que tiene una
envergadura de solo 12 centímetros— hasta los drones con envergaduras de
más de 15 metros. Los sistemas pequeños desempeñan un papel especialmente importante en Ucrania. Los cuadricópteros y otros drones de rotor son producidos principalmente por firmas comerciales como la china DJI
y se encuentran entre los más comunes. Los sistemas armados, como el
Bayraktar TB2 de fabricación turca o, en el bando ruso, el dron Orion,
llevan misiles que pueden utilizarse para atacar a las tropas en tierra.
Los llamados drones kamikaze, o munición de merodeo, drones de un solo uso que se ciernen sobre un objetivo antes de sumergirse en él y explotar con él,
también son muy utilizados, sobre todo por Rusia; pero más
recientemente también han sido empleados en los ataques ucranianos sobre
Moscú.
Vigilancia y otras funciones
La vigilancia y el reconocimiento son los usos más comunes de los drones.
Todos los drones llevan sensores de foto, vídeo u otros sensores de
recogida de datos, que permiten a las fuerzas localizar bases enemigas,
observar movimientos de tropas y elegir objetivos. Estrechamente
vinculada a la vigilancia está la capacidad de los drones para documentar ataques, lo que también puede proporcionar material útil con fines propagandísticos.
Los drones han documentado la destrucción de ciudades por las fuerzas
rusas, la inundación de territorio ucraniano tras la rotura de la presa
de Kakhovka y ataques contra barcos, tanques, tropas y material ruso.
Por último, los drones se utilizan para ayudar a dirigir y llevar a cabo ataques. Al principio de la guerra, las fuerzas ucranianas utilizaron drones militares armados como el TB2 para atacar el convoy ruso que se dirigía a Kiev. También es posible que se haya utilizado un dron TB2 para distraer las defensas del buque insignia ruso Moskva mientras misiles navales lo atacaban y finalmente lo hundían. La información obtenida por los drones también se utiliza para dirigir ataques de artillería y de otro tipo.
Drones civiles, los más usados
Muchos, posiblemente la mayoría, de los drones utilizados por las fuerzas ucranianas fueron diseñados originalmente con fines comerciales o para aficionados. Por lo tanto, están disponibles en grandes cantidades y a bajo coste, y son fáciles de usar. Al no haber sido construidos para la guerra, estos drones no suelen sobrevivir mucho tiempo en el espacio de batalla, pero, dado su precio y disponibilidad, suelen ser fácilmente reemplazables.
*Si no ves correctamente este formulario, haz clic aquí
El fabricante chino DJI produce la mayoría de estos sistemas. Suspendió oficialmente sus operaciones en Ucrania y Rusia a las pocas semanas de iniciada la guerra, pero sus drones, sobre todo los de tipo Mavic, siguen figurando entre los sistemas más utilizados y solicitados. Los particulares han donado muchos drones y los esfuerzos de crowdfunding por parte del público también han permitido, supuestamente, la adquisición de miles de drones.
Consecuencias militares serias
Hasta ahora, el Gobierno ucraniano no ha asumido oficialmente la responsabilidad de los ataques con drones contra Moscú,
que se han hecho más frecuentes en los últimos días. Al principio, los
sistemas no tripulados se utilizaban para atacar instalaciones militares
en Rusia, como las bases aéreas de Engels en diciembre. Más
recientemente, se han producido ataques con drones contra Moscú,
incluido su centro financiero, que podrían haber sido llevados a cabo por las Fuerzas Armadas ucranianas o por grupos proucranianos, posiblemente desde el interior de Rusia.
Militarmente, su impacto ha sido limitado: hasta ahora, nadie ha muerto en los ataques y la destrucción parece mínima. Pero envían una señal al régimen, la población y las empresas rusas de que la guerra podría volverse contra ellas.
Aunque, al parecer, las defensas aéreas rusas interceptaron algunos de
los drones, sigue siendo vergonzoso para los militares rusos que sean
incapaces de proteger la capital. Si los ataques continúan y crecen en
frecuencia y fuerza, el Ejército ruso podría tener que aumentar la
protección de Moscú y otras ciudades, lo que significa que los sistemas
de defensa antiaérea o los expertos podrían tener que ser retirados de
la línea del frente.
Pequeños, pero matones
Los drones son objetivos fáciles, ya que no suelen estar construidos para evadir las defensas aéreas. Suelen volar bajo y despacio, y a menudo pueden destruirse con un solo impacto. Sin embargo, la lucha contra los drones puede resultar difícil, puesto que es necesario disponer de los sistemas de defensa adecuados en el lugar y el momento oportunos, sin gastar más dinero del que vale un dron.
Hay dos formas principales de derribar un dron: cinética y electrónicamente. La primera consiste en derribar un dron con balas, cohetes o similares. Ucrania ha estado utilizando Gepards, Patriots o Iris-T
para luchar contra los ataques desde el aire. La segunda consiste en
interferir o interrumpir la señal entre el dron y su operador u
operadores. Una versión más avanzada de este método consiste en piratear
el dron y hacerse con su mando. Además de estos, los lanzadores de
redes, los drones que luchan contra drones e incluso las aves de presa
entrenadas para acabar con drones de aficionados pueden interceptar
drones. El mercado de los contradrones es una oportunidad de negocio multimillonaria.
El incipiente papel de los drones navales
El término dronno se refiere necesariamente a sistemas aéreos,
pero la mayoría de los drones vuelan. Existen drones marítimos —tanto
buques de superficie como sistemas submarinos—, así como drones
terrestres (aunque muchos los llaman robots en lugar de drones). Sin
embargo, antes de este conflicto, solo los sistemas aerotransportados se
utilizaban ampliamente en operaciones militares. Esto está empezando a
cambiar. El otoño pasado ya se utilizaron barcos teledirigidos, sobre
todo en el ataque a la flota rusa del mar Negro en Sebastopol. Más recientemente, las fuerzas ucranianas dañaron un buque de desembarco anfibio ruso y atacaron un petrolero ruso utilizando drones navales. Estos ataques son un testimonio del innovador sector militar-industrial ucraniano.
Vanguardia en la industria
Ucrania se ha convertido en un lugar importante para el desarrollo y la fabricación de drones.
Las asociaciones conjuntas entre el sector público y el privado han
permitido desarrollar o reconvertir drones para uso militar. La presión
de la guerra para innovar, el ingenio del pueblo ucraniano y la
oportunidad de colaborar estrechamente con expertos de muchos países
occidentales han contribuido a establecer una sólida base industrial de
defensa nacional. La industria ucraniana de drones va camino de convertirse en un actor internacional de peso una vez finalizada la guerra, capaz de exportar sistemas probados en combate.
El papel de las mujeres británicas durante la Segunda Guerra Mundial
Muchas fueron las mujeres
británicas que, pese a las burlas o comentarios ofensivos y las pésimas
condiciones laborales, jugaron un papel fundamental en el devenir del
conflicto ejerciendo como pilotos, obreras en fábricas de armamento,
granjeras, espías, enfermeras...
En la Batalla de Inglaterra la mujer dio un paso adelante
(o le dejaron darlo los políticos de turno en la sociedad patriarcal)
porque la Historia universal se ha contado, lamentablemente, sin tener
en cuenta a la mitad de la humanidad. Así nos encontramos con la
participación activa, en la producción económica y en la contienda, de damas convertidas en obreras, en agricultoras, en ganaderas, en soldados o en artistas. También las mujeres de la familia real concedieron apoyo moral a la población bombardeada.
Mujeres enroladas en la NAAFI (Navy, Army and Air Force Institutes) desfilan durante un ejercicio de instrucción. Foto: Getty.
Lady Houston, la mecenas de la aviación británica
Nació en 1864 en la provincia de Lambeth. En el tardío Londres victoriano fue corista. Viajó por Europa y se casó hasta cuatro veces, recibiendo en los divorcios pensiones económicas, el apellido Houston y una suculenta herencia de 5,5 millones de libras al quedarse viuda de su última pareja.
Fue enfermera durante la Gran Guerra y participó en campañas para solicitar el voto femenino como derecho. Cuando estalló la Batalla de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, ella estaba muerta. Había fallecido en 1936, sin embargo, sus inversiones filantrópicas fueron decisivas para la victoria aliada.
Lady Fanny Lucy Houston donó casi todo su dinero a la compañía de fabricación de aviones bélicos Supermarine. Este cuerpo militar producía los famosos aviones Spitfire.
Quién sabe si, en el caso de que no se le hubiera ocurrido esta idea a
lady Houston, hubieran podido tener los ingleses aviones mucho más
rápidos que los alemanes. La velocidad de los cazas británicos fue uno de los factores que más influyeron
en que el triunfo fuera para Reino Unido. Con aplomo lady Houston había
expresado que: «Todo británico de verdad preferiría vender su última
camisa antes de admitir que Inglaterra no puede defenderse por sí misma». ¿Temía la nefasta sombra de Hitler? En 1934 el criminal Adolf se había convertido en Führer.
Retrato
de Lady Huston, fotografiada en 1909. Su fortuna sirvió para
desarrollar el mítico caza Spitfire con el que los británicos hicieron
frente a los bombardeos alemanes. Foto: ASC.
Las mujeres en el frente
La inglesaFlora Sandes fue la única soldado de Reino Unido que se alistó y que luchó como miembro de un ejército regular en la Primera Guerra Mundial. La situación fue muy diferente en el segundo conflicto planetario. Cuando el combate estaba en su momento de máxima tensión, las fuerzas aéreas tenían más aviones que pilotos, por lo que se decidió reclutar a mujeres, que se mostraban voluntarias desde el inicio.
La Real Fuerza Aérea inglesa (RAF) hizo una llamada desesperada para que se apuntaran al programa mujeres que supieran pilotar y pudieran ayudar a trasladar los aviones militares de las fábricas a los hangares. Al principio, fueron tan solo ocho las
mujeres que se inscribieron y, aunque el reclutamiento fue creciendo,
Inglaterra solicitó ayuda a Estados Unidos. Fue amargo encontrarse con
detractores de la entrada de las mujeres en las Fuerzas Armadas, de
hecho el futuro presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, manifestó que estaba «absolutamente en contra» de
que existiera una división formada por mujeres piloto, pues dudaba de
«la capacidad de las mujeres para manejar aviones militares puesto que
era una tarea muy poco femenina». Resulta sangrante leer estas declaraciones.
Sin embargo, las mujeres que comandaban la organización Wings for Britain (Alas para Gran Bretaña), encargada de enviar aviones estadounidenses a los británicos, no se arredraron.
Jacqueline Cochran y Nancy Harkness Love, pioneras en la aviación
norteamericana, enviaron una carta a Eleanor Roosevelt, primera dama del
momento, para que las apoyara en fundar una división femenina dentro de las Fuerzas Aéreas.
Así nació el Servicio de Mujeres Piloto de la Fuerza Aérea (WASP), agrupación que tuvo a Cochran como líder.
No obstante, los comentarios despectivos seguían en los corrillos y
hubo coincidentes laborales que las apodaron «Woolteddies» («Ositos de
felpa»).
La
aviadora norteamericana Jacqueline Cochram, directora del WASP (Women
Airforce Service Pilots, Servicio de Pilotos Femeninos de la Fuerza
Aérea). Foto: Getty.
Las condiciones de trabajo de las mujeres aviadores eran pésimas.
El salario que cobraban estaba muy por debajo del de los varones y el
importe de los cursos que recibían lo pagaban ellas mismas. No se les
permitía pilotar durante los días que tuvieran la regla. No tenían derecho a sanidad ni a seguro de vida.
Si morían en la contienda, eran enterradas en un féretro de pino y no
en un ataúd de la madera de la mejor calidad, como sus colegas. Tampoco se les tributaban honores militares en el funeral.
El 28 de junio de 1939 se creó en Reino Unido la Women’s Auxiliary Air Force
(Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres). En 1943 tenía 180.000 mujeres, pues
se reclutaban más de 2.000 nuevas cada semana. El WAAF surgió mediante
la fusión de las 48 empresas auxiliares específicas de la RAF (Royal Air
Force). A partir del 12 de junio de 1941 se estableció el servicio militar obligatorio en la WAAF, aunque solo lo debían realizar las mujeres solteras de entre 20 y 30 años.
Mujeres
del WAAF (Women’s Auxiliary Air Force, Servicio Auxiliar Femenino de la
Fuerza Aérea) trabajando en la fabricación de globos de barrera
antiaéreos. Foto: Getty.
Las señoras fueron destinadas sobre todo a puestos de telefonía, telégrafo, radar y meteorología. Llevaron a cabo labores de inteligencia, descifrando códigos y su papel fue esencial en la Batalla de Inglaterra. Hubo chicas que fueron agentes secretos, estando integradas en el Special Operations Executive (SOE).
La fábrica, la granja y la propaganda
En la retaguardia,
las mujeres desarrollaron en la industria las funciones que antes
realizaban mayoritariamente los hombres. En 1939, al inicio de la
contienda, el 17,8 % de las mujeres trabajaban en fábricas de metal, municiones, o productos químicos, y hacia 1943 lo hacía el 38,2 %.
El Ministerio de Trabajo reclutó a mujeres para puestos de combate y
funciones auxiliares. A pesar de las sátiras mordaces sobre la
incorporación de la mujer al mundo laboral fuera de la casa, desde el gobierno se trató de alentar al ama de casa para que asumiera el rol de defensa de la nación, forjando la cartelería, la prensa, la radio y el cine el mito de la heroína de guerra.
A través del propietario de una fábrica que trata de impedir a su hija
que se salga de los estereotipos de la mujer, el cortometraje My Father’s Daugher se convirtió en una defensa a ultranza de la igualdad, pudiéndose resumir en el lema: «No hay nada que las mujeres no puedan hacer».
Una mujer trabajando en la línea de producción de una fábrica de armamento británica. Foto: Getty.
Hubo señoras que se dedicaron al transporte de carbón y municiones en barcazas. Fueron conocidas como las «Idle Women»,
al principio era un insulto que derivaba de los términos ingleses que
refieren las «vías navegables interiores», pero luego adoptaron el
término las propias jornaleras.
También trabajaron en las granjas. Fueron las llamadas «chicas de campo». En 1944 fueron reclutadas unas 80.000 para conseguir que el campo produjera y que el país estuviera alimentado. Hubo que esperar al siglo XXI para que tuvieran un reconocimiento. En 2011 el Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales del Reino Unido agradeció a más de 34.000 mujeres los servicios prestados en el sector agropecuario durante la Segunda Guerra Mundial.
Previamente, el 9 de julio de 2005 la reina Isabel II inauguró el Monumento a las Mujeres de la Segunda Guerra Mundial.
Está situado en la calle Whitehall, de Londres. Fue esculpido por John
W. Mills (nacido en Londres en 1933). La patrocinadora del monumento fue
la baronesa Boothroyd (nacida en Dewsbury en 1929, es la primera y
única mujer que ha desempeñado hasta el momento la Presidencia de los Comunes).
La familia real que confundió a Hitler
Durante la Segunda Guerra Mundial la reina consorte de Inglaterra era Isabel Bowes-Lyon.
La menor de los 9 hijos del conde de Strathmore dio muestras de coraje
desde su llegada al mundo. Nació en una ambulancia tirada por caballos
camino del hospital, aunque se la inscribió en la localidad de
Hertfordshire, al este de Inglaterra y pasó su infancia en el castillo
de Glamis, en Escocia.
Tenía experiencia en ayuda sanitaria en contextos bélicos. En el transcurso de la Primera Guerra Mundial murió un hermano suyo, y otro fue conducido a un campo de prisioneros. Isabel atendió heridos en su castillo de Glamis,
que pasó a ser un hospital de guerra. Tras la contienda, Alberto,
«Bertie», segundo hijo de Jorge V y de la reina María, un chico tímido
que tartamudeaba al hablar y era amigo de sus hermanos, le pidió
matrimonio. Sin embargo, Isabel lo rechazó dos veces porque temía que si entraba en la familia real, perdería su «libertad».
A la tercera propuesta le dijo sí. Se casaron sin esperar ser reyes
en la abadía de Westminster el 26 de abril de 1923. Tuvieron dos hijas:
Isabel (apodada Lilibet) y Margarita. Al padre de Jorge VI su hijo
mayor no lo tenía contento por ser mujeriego: «Ruego a Dios que mi hijo
mayor nunca se case ni tenga hijos, para que nada se interponga entre
Bertie y Lilibet y el trono». Cuando Eduardo VIII tuvo que abdicar por
su idilio y boda con Wallis Simpson, Jorge VI e Isabel se convirtieron en soberanos.
El matrimonio regio vivió en el palacio de Buckingham durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial,
alejados de sus hijas, a quienes trasladaron al castillo de Windsor.
Acompañadas de su niñera y sus preceptores, las dos niñas llevaron una
vida de juegos y paseos en caballo. Incluso idearon funciones de teatro
como la que representaron durante la Navidad de 1941, en la que
Margarita era Cenicienta e Isabel II, su príncipe.
No obstante, la preocupación por la guerra estaba en sus mentes, ganándose el afecto del pueblo por compartir restricciones con la gente sencilla.
Durante la estancia en Buckingham, la esposa del presidente de Estados
Unidos, Eleanor Roosevelt pudo contemplar las privaciones: era «un
palacio dañado y sin calefacción», afirmó más adelante.
Jorge VI, lejos de encerrarse en su espacio áulico, pasó largas horas conversando con el primer ministro de Reino Unido, Winston Churchill. Visitó a las tropas y pronunció el discurso en el que pedía a su pueblo que se mantuviera firme «ante los oscuros días venideros».
Acompañado
de su inseparable puro, Winston Churchill se dispone para una alocución
radiada por la BBC desde Estados Unidos en 1943. Foto: Getty.
Cuando todo había pasado, durante los festejos por el Día de la Victoria en Europa, la multitud gritó: «¡Queremos al rey!». Jorge VI permaneció en el balcón y pidió a Churchill que lo acompañara en el saludo.
Desde 1945 hasta hoy ha permanecido viva la encomiable labor que la familia real británica desarrolló en la Segunda Guerra Mundial a favor de sus ciudadanos.
Pero hay nuevos aspectos en la crónica de los hechos. En 2019 la cadena
británica Channel 4 emitió un documental en el que se aseguraba que tanto
Isabel Bowes-Lyon como su hija Elizabeth fueron partícipes del engaño
que sufrieron los alemanes sobre en qué lugar de la costa europea iban a
desembarcar las tropas aliadas. En ese sentido, Jorge VI habría colaborado tan eficazmente con los servicios de inteligencia que logró engañar a Hitler, confundiendo totalmente a los nazis. Isabel Bowes- Lyon falleció en el castillo de Windsor el 30 de marzo de 2002. En ese momento era el miembro más longevo de la historia de la Familia Real Británica y una persona muy querida para los británicos y para el resto del mundo.
Cuando andaluces y gallegos aplastaron a los vikingos en la península: un rastro de destrucción y muerte
Las invasiones de los pueblos del norte entre
los siglos IX y XI tuvieron episodios trágicos en la Península Ibérica,
tras llegar por sorpresa en cientos de barcos con la intención de
hacerse con las riquezas de los pueblos cristianos del norte y los
musulmanes del sur
Vikingos, durante uno de sus ataques, en una ilstración actual
Las invasiones protagonizadas por los vikingos
azotaron el mundo conocido entre los siglos IX y XI. Llegaban en
oleadas de miles de guerreros tatuados, con el pelo rapado y una coleta a
un lado, armados con cascos, escudos, lanzas y hachas. Muchos de ellos
llevaban los dientes pintados de rojo para aterrorizar aún más a sus
víctimas en una serie de conquistas que podían durar años… o décadas.
Como decía una oración muy común en las iglesias del antiguo reino
inglés de Northumbria: «Señor, líbranos de la furia de los hombres del
norte». Pero no fue posible.
Los vikingos redujeron Londres a escombros dos
veces. Con sus barcos de poco calado navegaron Sena arriba y asediaron
París desde el agua. Sus conquistas les llevaron desde tierras
escandinavas hasta las islas Feroe, Islandia, Groenlandia y Canadá por
el oeste. Hasta el Mediterráneo, Marruecos y el califato de Bagdad por
el sur. Navegaron los cauces fluviales que partían del Báltico, del
Caspio y del Mar Negro por el este. Se dieron de bruces con el Imperio
Bizantino, combatieron en Kiev hasta dar origen a la Rusia actual y se
instalaron en el Ulster y en la actual Irlanda.
También sembraron el pánico en Inglaterra. A
los monjes del priorato de Lindisfarne, al norte de las islas, la
primera invasión vikinga en enero de 793 les sorprendió rezando. En
pocas horas, «los bárbaros destruyeron miserablemente la Iglesia de
Dios», dicen las crónicas medievales anglosajonas. En el 869, al pobre
Rey Edmundo del Anglia Oriental le usaron como diana para hacer
prácticas de tiro con arco y al arzobispo de Canterbury lo despellejaron
con huesos de buey hasta morir. «Uno de los vikingos le golpeó con un
hacha de hierro en la cabeza, lo derribó y su santa sangre cayó en la
tierra», contaban las mismas crónicas.Israel Viana
Según la leyenda, Mitrídates el Grande hizo temblar a
los principales generales y dictadores de la República romana entre el
siglo I a. C.
Aunque raramente se aventuraban más al sur de
la costa francesa, lo cierto es que los habitantes de la Península
también fueron víctimas de este horror en las cuatro incursiones que
este pueblo llevó a cabo en estas tierras. Por lo general, el objetivo
era saquear las ciudades y pueblos que se encontraban en sus
desplazamientos hacia el sur, llevando a cabo acciones tan violentas que
los vikingos han acabado por ser considerados uno de los pueblos más
temidos de toda la Edad Media.
Primera noticia
La primera noticia que tenemos sobre los
vikingos en la Península Ibérica aparece en los 'Annales Bertiniani',
una composición franca de mediados del siglo IX, poco después de que se
produjera el primer ataque. Sin embargo, el Códice de Roda, que algunos
historiadores atribuyen al Rey de Asturias Alfonso III en esos mismos
años, es el que más detalles ofrece: «Por aquel tiempo, los normandos,
gente hasta entonces desconocida, pagana y muy cruel, llegaron hasta
nosotros con un ejército naval».
Los primeros en avistar los knarrs y los
drakkars, los temidos barcos nórdicos, fueron los gijoneses en el verano
de 844. Los rumores llegados desde Inglaterra y Francia en los años
anteriores eran aterradores. Poblaciones enteras pasadas a cuchillo,
miles de campesinos honrados convertidos en esclavos y numerosas
violaciones de mujeres y niñas. Los 'Annales Complutenses', del siglo
XII, hablan de un desembarco cerca de Gijón por parte de 54 naves
vikingas, probablemente para aprovisionarse y continuar su camino hacía
Galicia.
En los 'Annales Bertiniani' y en el citado
'Códice de Roda' se cuenta que el desembarco se produjo en las
inmediaciones de la torre de Hércules, en La Coruña, que dio comienzo al
saqueo mediante una serie de asaltos por sorpresa, 'modus operandi'
habitual de los vikingos. Sin embargo, tanto la nobleza galaica como la
asturiana, muy acostumbrada a las conquistas, reaccionaron con rapidez.
Desde Oviedo, Ramiro I montó un Ejército y expulsó a los guerreros del
norte. Se desconoce el número de muertos, pero sí se menciona que los
invasores perdieron un número importante de barcos.
La masacre de Sevilla
La
expedición continuó hacia el sur, intentando primero saquear Lisboa,
con el objetivo de arrasar Al-Ándalus. Los vikingos no podían permitirse
el lujo de regresar con las manos vacías a casa, pues muchos de ellos
habían empeñado sus bienes en la empresa y tenían que buscar víctimas
sin cesar. El emir Abderramán II había sido alertado de su llegada por
el gobernador de la capital portuguesa, aunque cometió el error de
subestimar al nuevo enemigo y lo pagó con creces. En primer lugar
conquistaron Cádiz, machacaron a los vecinos de Medina-Sidonia,
remontaron el Guadalquivir, masacraron a los habitantes de Coria del Río
y llegaron a Sevilla.
Según el cronista musulmán Ibn al-Qutiyya, del
siglo X, los sevillanos huyeron en masa al ver llegar a los vikingos y
se refugiaron en Córdoba, sede del emirato que presidía Abderramán II.
El emir omeya, desesperado por la violencia desatada por aquellos
salvajes, formó un Ejército con ayuda de la dinastía de los Banu Qasi,
que habitaba el noreste peninsular, y se abalanzó sobre ellos en la
cruenta batalla de Tablada, en Aljarafe:
«Después de utilizar armas de asedio y
defensa, el ejército hizo huir a los vikingos. Los árabes mataron a
quinientos de sus hombres y capturaron cuatro de sus barcos, los cuales
quemaron después de haber saqueado cualquier cosa de valor. Gran número
de vikingos fueron pasados por la espada; otros fueron ahorcados en
Sevilla y a otros colgados de palmeras en el lugar de la batalla. (...)
En total, pasaron 42 días desde su llegada a su expulsión. Su líder y
todos ellos pasaron por nuestra espada como castigo divino por sus
crímenes. El emir comunicó el feliz desenlace a todas sus provincias y
les mandó la cabeza del líder vikingo y de doscientos de los mejores
guerreros vikingos», relataba el historiador árabe Ibn Hayyan, que
resaltaba también la predilección de estos por capturar a mujeres y
niños.
Segunda incursión
Tras aquellos episodios, Abderramán II ordenó
construir defensas y una flota que vigilara todo el litoral. En el
norte, se fortificaron las entradas de los ríos y las poblaciones
costeras. Estaban convencidos de que los vikingos regresarían de nuevo y
no se equivocaron. En el 858, se produjo una segunda incursión liderada
por dos de los jefes más legendarios: Bjorn Ragnarsson, conocido como
'Brazo de Hierro' y Hastein. El primero era Rey de Suecia y vástago de
nada menos que Ragnar Lodbrok, que decidió partir hacia la Península
Ibérica cuando en Normandía reinaba la paz.
Su gran objetivo fue Santiago de Compostela y
la sede catedralicia de Iria Flavia, en el municipio de Padrón. Al igual
que sus compatriotas 14 años antes, accedió por la Ría de Arousa hasta y
pronto comenzaron a destrozar las poblaciones que se encontraban a su
paso y el asedio al enclave principal. Los jefes locales no encontraron
otra solución que acceder a pagar el tributo que exigían los invasores.
Pero tampoco les dio tiempo a enriquecerse mucho, porque el Rey de
Asturias, Ordoño I, envió en ayuda de los gallegos a Pedro Theon de
Pravia al mando de un gran contingente.
Las crónicas de la época aseguran que los
vikingos sufrieron una derrota aplastante en la que murieron un tercio
de sus hombres, además de perder 38 navíos. Bjorn y Hastein huyeron, una
vez más, hacia el sur. Atacaron Algeciras, Sevilla y Orihuela. Se
siguieron divirtiendo en Marruecos, las islas Baleares e Italia antes de
volver a la península para protagonizar una de sus grandes proezas en
Pamplona. Algunos historiadores creen que para llegar allí tuvieron que
remontar los ríos Ebro, Aragón y Arga. Otros, que avanzaron desde el
golfo de Vizcaya.
Sea como fuere, la ciudad fue arrasada y su
caudillo local, García Íñiguez, capturado. Una leyenda asegura que,
cuando decidieron seguir su periplo, algunos de los barcos vikingos
volcaron por el peso de las monedas de oro que los pamploneses tuvieron
que pagar por el rescate. Sin embargo, el final de la aventura de
Ragnarsson y Hastein fue parecido al de sus predecesores, pues fueron
derrotados en Córdoba, reduciendo su flota hasta los 20 buques que
tuvieron que regresar a casa de inmediato.
Tercera incursión
La mayoría de los estudios consideran que la
tercera oleada de incursiones comenzó en el 968, pero existen indicios
de que se produjeron continuos ataques de menor importancia entre la
segunda y esta invasión. Esa es la razón de que los habitantes de
Galicia estuvieran preparados. Según Enrique Flórez, célebre historiador
del siglo XVII, los condes de Lugo le pidieron permiso al Rey Ordoño
para «hacer sus casas más fuertes para poder habitar en ellas y resistir
a los normandos». Y de que Asturias y León se hubieran unificado en un
único reino, en el 925, para protegerse de los vikingos. Por eso sabían
que volvería a ocurrir, ya que sabían perfectamente que estos se sentían
atraídos por la concentración de riquezas en Santiago de Compostela.
En el año 968 se presentó delante de las
costas gallegas una gran flota vikinga compuesta de cien naves dirigidas
por el Rey Gunderedo. Uniendo los datos de la 'Crónica de Sampiro', el
'Chronicon Silense', el 'Chronicon Iriense' y la 'Historia
Compostellana' conocemos como los invasores llegaron al puerto de
Juncaria y entraron en muchas ciudades de Galicia. Según González López,
los norteños desembarcado también en Faro (La Coruña). Otras crónicas
aseguran que unos emisarios avisaron al obispo Sisnando de que los
normandos se dirigían hacia Ira y que este reunió un ejército y plantó
batalla en el lugar llamado de Fornelos, a legua y media de Santiago.
Allí cayó muerto por una flecha o una espada, según la versión, el 29 de
marzo.
Desde esa batalla de Fornelos, los vikingos
fueron dueños de Galicia durante tres años en los que continuaron sus
saqueos con libertad sin que el Rey de León, Ramiro III, pudiese hacer
nada por detenerlos, ya que era un niño de siete años custodiado por una
monja. Sin embargo, los vikingos no lograron nunca entrar en Santiago,
ya que estaba protegido por fuertes murallas torreadas, separadas por
profundos fosos llenos de agua construidos en época de Sisnando.
Esta situación continuó hasta que el obispo de
Compostela, San Rosendo, organizó un ejército dirigido por el conde
Gonzalo Sánchez que, «sediento de venganza», atacó a los normandos
cuando se disponían a embarcar de nuevo cerca de Ferrol. Este ejército
logró vencer a los invasores, degollar a Gunderedo, quemar parte de las
naves, recuperar el botín y liberar a los prisioneros. Este ataque
nórdico fue el más violento de todos los que padeció Galicia, pero su
suerte acabó allí. Y comenzó el ocaso de los vikingos en España, con
ataques esporádicos hasta el siglo XI.
El
“milagro” de Dunkerque: la caótica retirada de 338.226 soldados
encerrados por los nazis y el enigma de la orden que Hitler no dio
El
26 de mayo de 1940, hace ochenta y tres años, comenzó la Operación
Dynamo, una arriesgada maniobra que procuraba rescatar de las costas
francesas a las tropas aliadas que habían padecido la abrumadora
superioridad militar del nazismo. La historia detrás del “mayor grado de
caos militar jamás alcanzado por el ejército británico”
En
total fueron 800 embarcaciones las que partieron hacia Dunkerque. El
primer ministro Churchill la había bautizado como “la armada mosquito”,
por su capacidad para moverse rápido, en silencio, atacar, huir, volver a
atacar, enloqueciendo al enemigo
Fue
un derrotado triunfo. Un numeroso ejército cercado por los nazis que
empezaban a adueñarse de Europa, la British Expeditionary Forces (BEF)
en peligro de desaparición; casi cuatrocientos mil hombres esparcidos en
las playas de Dunkerque, o que llegaban a ellas empujados por el avance
alemán, sin más opción que las armas nazis por delante y la inmensidad del mar a las espaldas;
una impresionante cantidad de equipos, armamentos, vehículos, blindados
y municiones que quedarían en manos enemigas y una única posibilidad:
sacar a aquellos hombres de esas playas porque lo que estaba en juego
era el ejército británico. Una orden de Hitler bastaba para aniquilarlos.
Pero Hitler no dio esa orden. Y del otro lado, flamante primer ministro
británico, movía sus hilos Winston Churchill, que se había propuesto
una única misión política: no capitular ante Alemania y salvar a Europa
de la barbarie nazi. Para eso había viajado la BEF al continente, para
combatirlos.
Esa
era la escena, de peligro inminente, la tarde del 26 de mayo de 1940,
hace ochenta y tres años. El entonces jefe del servicio británico de
Inteligencia Militar la definió con amargura a un corresponsal de la BBC: “Estamos acabados. Hemos perdido al ejército, y nunca tendremos la capacidad de construir otro”.
Ante ese panorama, parte del gobierno británico daba por hecho que la
guerra desatada por Alemania en septiembre de 1939 debía terminar pronto
con un acuerdo con Berlín, más que con la BEF en marcha rauda hacia la
capital del Reich. Hitler amenazaba a Francia en mayo de 1940, ocuparía
París en junio, y ya había capitulado Bélgica ante sus fuerzas. La paz
con Alemania, o lo que para Churchill era la rendición, no era una
opción.
Para
dejarlo en claro, citó en su despacho de la Cámara de los Comunes a
todo el gabinete de Guerra y a los ministros de su gobierno. Lo recordó
así en sus célebres Memorias: “Éramos en torno a la mesa unos
veinticinco. Les describí los acontecimientos y les señalé con mucha
claridad cuál era nuestra situación y las muchas cosas que nos
jugábamos. Luego dije con toda naturalidad y como si no se tratara de
cosa de especial alcance: ‘Desde luego, pase lo que pase en Dunkerque, seguiremos luchando’”.
Una
hora después de aquella reunión clave, el almirantazgo británico envió
una orden al vicealmirante Bertram Ramsay, destacado en el puerto de
Dover: “Que empiece la Operación Dynamo”. Era una maniobra arriesgada:
consistía en ir a buscar a Francia al ejército cercado, embarcarlo,
atravesar el Canal de la Mancha y llevarlo de regreso a Inglaterra. Más
que arriesgada, era una batalla por librar que iba a costar miles de
vida. El rey Jorge VI anotó el 24 de mayo en su diario: “El primer
ministro se presentó a las 22:30. Me dijo que si el plan francés
elaborado por el general Weygand no daba resultado (Jorge VI hablaba de
una contraofensiva francesa que jamás se produjo), tendría que ordenar a
la BEF regresar a Inglaterra. Esta operación significaría la pérdida de todos los cañones, tanques, municiones y todos los depósitos existentes en Francia.
La cuestión era si lograríamos sacar a las tropas de Calais y Dunkerque
y hacerlas volver. La sola idea de tener que ordenar esta medida
resulta espantosa, pues las pérdidas de vidas humanas probablemente
serán inmensas”.
“Sin
aquel repliegue hubiera sido imposible que Inglaterra ganara la guerra.
En Dunkerque, Churchill ganó tiempo para el mundo”, entendió Nick
Hewitt, historiador inglés
Gran Bretaña peleaba sola contra los nazis.
Churchill había sido nombrado primer ministro quince días antes de
Dunkerque, el 10 de mayo; en su primer discurso había dicho que sólo
podía prometer “sangre, sudor, trabajo y lágrimas”. Y unos y otros, el
sudor y el trabajo, la sangre y las lágrimas, habían llegado con brutal
velocidad a su todavía endeble mesa de trabajo. Sin embargo, había
adoptado ya las primeras medidas para sacar de Francia al ejército
británico y devolverlo a salvo Inglaterra. No sólo iba a usar cuanto
barco y buque de guerra fuera posible usar en la evacuación, Dunkerque
era un puerto maltrecho, abierto hacia las playas de la costa belga, con
aguas no muy profundas que bañaban sus arenas. Además de barcos
grandes, Churchill iba a necesitar de embarcaciones más chicas para que
se movieran en las playas de aguas bajas. Por su orden, el Almirantazgo
inspeccionó los varaderos de yates británicos y, cuenta en sus Memorias,
“encontraron allí más de cuarenta motoras o lanchas, todas utilizables.
Al día siguiente se congregaron estas unidades en Sheernes. También se
solicitó la contribución de los salvavidas de los transatlánticos, de
los botes del Támesis, de los yates, de los barcos pesqueros, de las
gabarras, de las canoas y de las embarcacioncillas de placer, de todo,
en fin, cuanto podía flotar y ser útil a lo largo de una playa. En la noche del 27 una gran masa de buques menores empezó a hacerse a la mar,
dirigiéndose primero a los puertos ingleses del Canal y después a las
costas de Dunkerque donde estaba copado nuestro querido ejército (…)”.
Así
fue como entre el 26 de mayo por la noche y el 4 de junio, cuando
terminó la evacuación de las costas francesas, aquella flota
deshilachada de barcos civiles se unió a la Royal Navy que envió, entre
otros buques de guerra un crucero antiaéreo, treinta y nueve
destructores, treinta y seis dragaminas, cinco balandras, corbetas y
cañoneras, setenta y siete pesqueros y remolcadores armados, tres barcos
de servicios especiales y cuatro moto torpederos y unidades
antisubmarinas. Los primeros soldados llegaron a Dover en la alta noche
de ese mismo domingo 26.
La
Operación Dynamo se llamó "el milagro de Dunkerque". Durante la misma,
más de 330 mil hombres franceses, británicos, belgas y canadienses
escaparon de la invasión alemana desde las playas cercanas a Dunkerque
(Getty)
En total participaron ochocientos sesenta y una naves:
doscientas cuarenta y tres fueron hundidas por los nazis que
bombardearon por vía aérea a las tropas aliadas. El “método Churchill”
de evacuación despertó cierta furia en los franceses. En la reunión del
Consejo Supremo de Guerra del 30 de mayo, Churchill explicó que, hasta
esa fecha, habían sido evacuados por mar 165.000 soldados. El primer
ministro francés Paul Reynaud hizo notar entonces que había una evidente
disparidad en las cifras: de las 220.000 tropas británicas existentes
en los Países Bajos habían sido evacuadas 150.000, mientras que de las
200.000 francesas sólo habían sido rescatadas 15.000. Churchill diría en
sus Memorias: “El 4 de junio, 26.175 soldados franceses
desembarcaban en Inglaterra; 21.000 venían en barcos ingleses. Por
desgracia, quedaron varios millares que habían protegido valientemente
la evacuación de sus camaradas”.
Las pulcras cuentas de Churchill dan cuenta del salvataje de un total de 338.226 hombres
que podrían haber muerto todos: muertes que hubiesen cambiado el
destino de la guerra si Hitler hubiese dado la orden de atacar
Dunkerque. Pero Hitler no dio esa orden. El porqué es un misterio.
Para liquidar a la BEF, estaba al mando de su fuerza de tanques el
general Heinz Guderian que apuntaba sus vehículos y sus cañones a sólo
treinta kilómetros de la playa. Pero Hitler le pidió dos cosas que a
Guderian le sonaron a locura: que se detuviera y que esperara. Y la
espera duró los días que duró la lenta y penosa evacuación británica de
Francia.
Dos
teorías se esgrimieron por años sobre la voluntad de Hitler de
permitirle la huída a las fuerzas aliadas. Una hipótesis sugiere que
humilló a Gran Bretaña para lograr un tratado de paz; la otra desliza un
error de lectura: temía que hubiese un contraataque (Getty)
Las teorías conspirativas, siempre tan atractivas, sugieren que Hitler ansiaba una paz con Gran Bretaña para aliarse en una lucha en común contra la Unión Soviética
de José Stalin: después de todo, Hitler deseaba expandir el Reich hacia
el este, según su teoría del espacio vital que precisaba su imperio
para sobrevivir. Un año después de Dunkerque, el 10 de mayo de 1941, el
misterioso y extraño viaje a Inglaterra de Rudolf Hess, mano derecha de
Hitler, al mando de un único avión con el que aterrizó en Escocia
alimentó por años una posible negociación con Gran Bretaña que Hitler
aspiraba, imaginaba o soñaba. Era un imposible: Hitler no era anglófilo,
Churchill no sentía ninguna simpatía por el nazismo del que decía: “No
solo mata hombres, también mata ideas”, y la paz, o un leve acuerdo
entre las dos naciones no estaba en los planes de ninguno de sus
líderes. Menos en la mente de Churchill para quien Hitler no era un aliado estratégico: era el enemigo a vencer.
El ex primer ministro británico Boris Johnson dice en su obra El factor Churchill:
“Hitler no le ordenó a Guderian que detuviera a los tanques en el canal
del río Aa porque fuera un anglófilo encubierto. No frenó el ataque por
ningún sentimiento de camaradería entre miembros de la raza aria. Los
historiadores más serios están de acuerdo con Guderian: el Führer cometió un error, lo asustó la velocidad de su conquista, temió un contraataque”.
Bajo el fuego y las bombas de los aviones de la Lutwaffe, enfrentados
por la Royal Air Force en un ensayo general de lo que sería la Batalla
de Inglaterra, las pérdidas británicas fueron enormes. Y las materiales,
también. En las playas quedaron pertrechos, armas, municiones vehículos
y cañones como para equipar de dos divisiones del ejército. A los
británicos les llevó meses reabastecerse. Pero se salvaron más de
trescientas mil vidas.
"Hemos
de ser precavidos y no caer en la tentación de dar a este rescate el
significado de una victoria. Las guerras no se ganan con evacuaciones",
expresó Churchill (Getty)
El
rescate fue tumultuoso, desorganizado y anárquico. Con la tradicional
formalidad británica, John Horsfall, comandante de una compañía de los
Reales Fusileros, comentó a uno de sus jóvenes oficiales: “Espero que se
dé usted cuenta de la distinción que es objeto. En estos momentos está
siendo partícipe de mayor grado de caos militar jamás alcanzado por el ejército británico”.
El
4 de junio, la guerra empezó de nuevo para Gran Bretaña. Churchill lo
supo de inmediato. Frente al Parlamento en una sesión pública primero y
en secreto luego, rindió cuentas de lo que había pasado en Dunkerque y
de su significado: “Lo más imperativo consistía en hacer ver, no sólo a
nuestro pueblo, sino a todo el mundo, que nuestra resolución de seguir
combatiendo se basaba en fundamentos sólidos y no era hija de la
desesperación”.
Churchill
dijo esa tarde dos cosas extraordinarias. La primera, ubicó en lo que
creyó era su justa medida aquella hazaña que el deán de la catedral de
San Pablo, Walter Matthews había llamado dos días antes “el milagro de
Dunkerque”: “Hemos de ser precavidos -dijo Churchill- y no caer en la
tentación de dar a este rescate el significado de una victoria. Las guerras no se ganan con evacuaciones.
Pero en esta ha existido una victoria que debemos hacer descollar”.
Después, enhebró unas frases magníficas, una breve oración de guerra,
una declaración de principios, un pequeño himno, dolido y profético que
expresaba sus sentimientos y su determinación: “No desmayaremos ni nos doblegaremos.
Seguiremos luchando hasta el fin; lucharemos en Francia; lucharemos en
los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente
fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cueste lo que cuesta;
lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos; lucharemos en
los campos y en las calles; lucharemos en las montañas. Jamás nos
rendiremos”.